Friday, 19 July 2013

Pasmao cuando leo lo que leo


No queremos una 'Europa alemana'

La UE no está concebida para que uno lidere y los demás le sigan, pero se están imponiendo esteorotipos nacionales contra los que hay que luchar y seguir trabajando por un continente fuerte y competitivo

¿Cuál es la situación actual en Europa? Han pasado tres años desde que se iniciase el primer programa de ayudas a Grecia y cerca de tres meses desde que se aprobase el de Chipre. Y el panorama es heterogéneo. Por un lado, el positivo, los países en crisis de la eurozona muestran signos alentadores. Se están llevando a cabo reformas en los mercados laborales y en los regímenes de seguridad social, así como modernizando las Administraciones y los sistemas jurídicos y fiscales, lo cual ya está dando resultado: la competitividad está aumentando, los desequilibrios económicos se están reduciendo (con una Alemania más rica, con un Norte más rico, ellos crecen. El Sur se ahoga con un paro desbordado, atonía económico-financiera, recesión, paro, incertidumbre) y se está recuperando la confianza de los inversores.

Las mejoras institucionales realizadas en Europa han incrementado nuestra probabilidad de economizar considerablemente en el futuro (¿?). Ahora disponemos de normativas más vinculantes, frenos a la deuda nacional y un potente mecanismo de resolución de crisis que permite ganar tiempo para hacer reformas (¿?). Lo siguiente será crear una unión bancaria que reduzca aún más los riesgos tanto para el sector financiero como para los contribuyentes. El objetivo de nuestra regulación del mercado financiero es que la responsabilidad por las pérdidas recaiga en aquellos que previamente han tomado las arriesgadas decisiones de inversión (¿ayuda?). De este modo, oportunidad y riesgo volverán a ir de la mano.

Sin embargo, hay otro lado, el lado negativo: una gran incertidumbre entre nuestra población, una juventud que en algunas regiones de Europa ve actualmente pocas oportunidades y personas que pierden su trabajo porque la economía de su país se encuentra en época de transición. Todo ello, acompañado de un debate sobre la crisis a menudo caracterizado, lamentablemente, por las recriminaciones recíprocas y la arrogancia mutua y en el que los estereotipos y prejuicios nacionales que se creían superados hace tiempo vuelven a mostrar su peor cara (¡quien lo dijo!).

A esto se suman las contradicciones a la hora de valorar la política real: por ejemplo, desde el exterior se solicita a Alemania que relaje su política de austeridad supuestamente draconiana; no obstante, en la propia Alemania se acusa al Gobierno de no ahorrar o de ahorrar demasiado poco (esto dice bien poco del conocimiento que tienen en lo que en Alemania del resto de Europa y de sus problemas). La verdad se encuentra en el centro por una buena razón: nos afianzamos de forma adecuada, nos ganamos la confianza y con ello preparamos el terreno para un crecimiento sostenido en Alemania y en Europa ("todos calvos").


Las reformas que se están acometiendo no surten efecto de la noche a la mañana

La idea de que alguien debe (o puede) liderar en Europa es errónea. Y la reticencia alemana no tiene solo que ver con la culpabilidad histórica que arrastra su pueblo. Se debe a que la extraordinaria entidad política llamada Europa no está concebida para que uno lidere y los demás le sigan. Europa significa la coexistencia en igualdad de derechos de sus Estados. Pero, al mismo tiempo, Alemania siente que tiene una responsabilidad especial con respecto al camino tomado de mutuo acuerdo para resolver la crisis de la zona euro. Asumimos esta responsabilidad de liderazgo con la colaboración, especialmente, de nuestros amigos franceses (Hollande cada vez más lejos de Berlín). Al igual que el resto de grandes y pequeños países de la eurozona, somos conscientes de lo importante que es una estrecha colaboración para resolver la crisis.
Desde el comienzo de esta, los europeos hemos trazado juntos un camino que no solo tiene como objetivo la consolidación fiscal tardía, sino, ante todo, la superación de los desequilibrios económicos mediante el fortalecimiento de la competitividad de todos los países miembros de la eurozona. Es por ello que los programas de ajuste para los países afectados prevén reformas estructurales básicas cuyo único objetivo es volver a la senda del crecimiento sostenido y, con ello, alcanzar un bienestar duradero para todos. Unas finanzas públicas sólidas fomentan la confianza, por lo que son algo totalmente necesario, aunque por sí solo insuficiente para lograr un crecimiento sostenido. A esto deben añadirse la reforma y modernización de nuestros mercados laborales y regímenes de seguridad social, así como de las Administraciones y los sistemas jurídicos y fiscales, con el fin de que Europa vuelva a ser una región altamente competitiva que crezca de forma equilibrada. Se trata de crear unas condiciones laborales y de vida para los ciudadanos europeos que no estén basadas en una burbuja de crecimiento artificial, como ha sucedido otras veces en el pasado, sino en un crecimiento sostenido.

Ahora bien, estas reformas no surten efecto de la noche a la mañana. Nadie lo sabe mejor que los alemanes. Ha sido necesario un tiempo doloroso para que Alemania pasase de ser el hombre enfermo que era hace 10 años al actual motor de crecimiento y anclaje de estabilidad de Europa. Nosotros mismos tuvimos una altísima tasa de desempleo durante mucho tiempo después de iniciar las por aquel entonces urgentes y necesarias reformas. Pero sin estas no puede haber crecimiento sostenido. Los programas de recuperación económica basados en la creación de nueva deuda pública solo aumentan la carga para nuestros hijos y nietos sin producir un efecto a largo plazo (USA y Japón llegan a los tataranietos).

Para crear nuevos puestos de trabajo en Europa hacen falta empresas que ofrezcan productos innovadores, atractivos y, por ende, demandados por los mercados. Y las empresas europeas únicamente podrán ofrecer estos productos si el Estado les proporciona el marco necesario para tener éxito en un mundo cada vez más globalizado. Esto no solo es aplicable a las empresas alemanas, sino también a las francesas, británicas, polacas, italianas, españolas, portuguesas o griegas.


Berlín quiere ponerse al servicio de la recuperación económica de la Unión Europea (pues que lancen los eurobonos hasta 50 años como el resto de áreas económicas con las que competimos)

Por tanto, es absurdo pensar que los alemanes quieren desempeñar un papel especial en Europa. No, no queremos una Europa alemana. No exigimos a los demás que vivan como nosotros (de ahí hasta el cambio horario). Este reproche no tiene sentido, como tampoco lo tienen los estereotipos nacionales subyacentes. Los alemanes, ¿capitalistas tristes de ética protestante? En Alemania, las regiones económicas con éxito son católicas. Los italianos, ¿sólo dolce far niente? No solo las regiones industriales del norte de Italia se sentirían ofendidas. Todo el norte de Europa, ¿centrado en el mercado? Los Estados de bienestar del norte, caracterizados por la solidaridad y la redistribución, no encajan en esta caricatura. Los adeptos a los estereotipos deberían prestar atención a las encuestas según las cuales una clara mayoría de ciudadanos, no solo del norte, sino también del sur de Europa, abogan por reformas y por la reducción de la deuda y del gasto público para superar la crisis (¡racionalización sí; austericidio no!).

¿Una Europa alemana? Ni los propios alemanes tolerarían algo semejante. Los alemanes más bien queremos ponernos al servicio de la recuperación económica de la Comunidad Europea, sin que eso signifique debilitarnos nosotros mismos, pues eso no beneficiaría a nadie en Europa. Queremos una Europa fuerte y competitiva, una Europa en la que desarrollemos nuestra actividad económica de forma razonable y en la que no acumulemos más deuda. Se trata de establecer unas condiciones adecuadas para poder desarrollar nuestra actividad económica en el marco de la competencia mundial y hacer frente a la evolución demográfica que desafía a toda Europa. No son ideas alemanas, sino políticas necesarias para asegurar nuestro futuro. Existe consenso europeo en cuanto a las políticas de reforma y la consolidación para aumentar el crecimiento, porque estas se basan en decisiones unánimes (más bien obligadas) de los Estados miembros.

La confianza de los inversores, las empresas y los consumidores, y con ello el crecimiento sostenido, solo pueden lograrse mediante una sólida política presupuestaria y unas buenas condiciones económicas. Todos los estudios internacionales así lo confirman (menos la Abenomía), de igual modo que el BCE, la Comisión Europea, la OCDE y el FMI, encabezados, dicho sea de paso, por un italiano, un portugués, un mexicano y una francesa respectivamente (marionetas en la cuerda).

Y los Gobiernos europeos también actúan siguiendo estas líneas. El modo en que los países europeos con problemas están reformando sus mercados laborales y regímenes de seguridad social, modernizando sus Administraciones y sistemas jurídicos y fiscales, y consolidando sus presupuestos merece nuestro máximo reconocimiento y todo nuestro respeto (te repites, te repites Wolf, ver párrafos anteriores). Nuestra recompensa será convertirnos en una Europa fuerte y competitiva.

Wolfgang Schäuble es ministro de Finanzas de Alemania.

Manda güevos... ¡Viva Honduras!
Al alba, y con tiempo duro de levante, con fuerte levante, salieron cinco helicópteros que llegaron a la Isla de Perejil... el perejil de todas las salsas.


Thursday, 11 July 2013

Otra acepción: Pirata


La habilidad del filibustero



Filibusterismo. Dícese de la técnica de obstruccionismo parlamentario que emplea largos discursos, aunque sean inanes, para bloquear durante un período de tiempo una ley o una moción. Hay también filibusterismos gubernativos, como el de dar largas a quien reclama cambios alegando, con razón o sin ella, que la Constitución los impide. Y existe una versión europea de esta técnica, que consiste en asegurar que es imposible adoptar una medida porque el Tratado la impide, no la autoriza, o no la contempla.
Desde el inicio de la crisis se ha usado este argumento para distintos fines. Para intentar impedir los rescates a los países en bancarrota; para arbitrar un “compacto fiscal” que atornillase la política de austeridad; para boicotear la compra de bonos de los Tesoros periféricos por parte del BCE... En un caso se firmó un nuevo tratado (el Tratado fiscal), por fuera pero conectado al de la Unión; en otros se han usado mecanismos esotéricos como los “special purpose vehicles” (para los Fondos de rescate); y en alguno los promotores del boicoteo (el Bundesbank contra el BCE) han perdido la partida. Al menos de momento.
El Tratado “no basta para anclar en la ley de manera indefectible una autoridad fuerte de resolución [liquidación] bancaria”, proclamaba hace dos meses el ministro alemán de Finanzas, Wolfgang Schäuble (FT, 12 de mayo). “Es muy importante que Francia y Alemania hayan acordado un calendario y mecanismos sin que sea necesario cambiar los Tratados”, aseguraba poco después el presidente francés François Hollande, tras su cumbre con la canciller Angela Merkel, el 30 de mayo.
Pese a ello, todo el mes de junio fue un no vivir con el temor de que los alemanes aplazasen la unión bancaria. Al final, la cumbre de los días 27 y 28 bendecía los criterios (el orden de los paganos) para la reflotación de bancos y un fondo de recapitalización directa de hasta 60.000 millones, todo ello para las entidades salvables; así como el esquema común de los fondos de “resolución” [o sea, liquidación] nacionales, para las imposibles. No se había perdido el tiempo.
Los obstáculos jurídicos de Berlín a la unión bancaria esconden su creciente desconfianza en Bruselas
Ahora se ha empezado a poner hilo en la aguja de la gran cuestión pendiente: ¿quién mandará en el fondo de “resolución” común, que estará por encima de los de los Estados miembros? Schäuble volvió a la carga, instando a la Comisión a “que se atenga de forma muy cuidadosa a los límites del Tratado”. En realidad, con esta ya conocida chicuelina o advertencia o amenaza jurídica no reniega del fondo común, sino que pretende hurtar su control a la institución comunitaria y residenciarlo en una instancia intergubernamental, en la que mandaría el derecho de veto.
Pero esta vez Berlín no puede enarbolar ningún artículo que aparentemente prohíba la operación, como si lo tenía para oponerse a los rescates (aunque sesgadamente: usaba el 123 y olvidaba el 122). Todo lo más puede apuntar a que la base jurídica para la armonización del mercado interior es débil, o poco específica para este caso. Una alegación de menor cuantía, dada la (aunque limitada) vis expansiva del derecho comunitario, es decir, su capacidad de rellenar huecos.
Ocurre , en el fondo, que Berlín desconfía de que Bruselas pueda tomar la decisión última sobre la liquidación de un banco, más si puede jugarse algún dinero propio, pese a todas las cautelas prometidas por el comisario Michel Barnier garantizando una cierta voluntariedad.
Y es que llueve sobre mojado. La historia de las tensiones Alemania-Comisión es tan larga como la de sus complicidades. La hubo en asuntos de Competencia, cuando Bruselas le apretaba las tuercas (la España de los astilleros no inventa nada) y la hay por las advertencias macroeconómicas anuales, que siempre incomodan al examinando: “Es una monada de recomendación”, se mofó Schäuble el pasado 2 de junio.
Pero otras fuerzas no quieren dejar a los Gobiernos la última palabra, sino a Bruselas. Porque la liquidación de bancos “implica una autoridad con un alto grado de centralización”, dada la delicada naturaleza de sus decisiones, que deben ser rápidas, y el sistema dual actual “ha producido considerables retrasos”.
Porque “un sistema en el que la supervisión está centralizada [en el BCE] y la resolución (liquidación) no lo está --residiría en las autoridades nacionales-- puede perjudicar a la eficacia y credibilidad del supervisor”.
Y porque si la liquidación bancaria “permanece sobre todo en manos de las autoridades nacionales, estas carecerán del incentivo necesario para minimizar el conjunto de costes de aquella si su coste fiscal está ya parcialmente mutualizado”. Así lo argumenta un notable informe técnico al Parlamento Europeo, “Banking Union: the single resolution mechanism,” (PE 492.473, marzo 2013).

Seguimos andando sin caminar, haciendo estelas en el mar, anclados a la misma baldosa... volvemos al estilo dance de Michael Jackson. Parecer no es ser, pero queda chulo ante el personal agarrarse los.. y cuidado con los de negro acabarán tumbados por la cruda realidad, por ser sólo eso: realidad..

Tuesday, 9 July 2013

Llegará el Comandante y mandará parar


Cambiar el sistema

Ignacio Ramonet
País:  Unión Europea 
Tema:  Crisis económica, Euro
Los eurófilos más extasiados lo machacan sin cesar: si no dispusiéramos del euro, dicen, las consecuencias de la crisis serían peores para muchos países europeos. Divinizan un euro “fuerte y protector”. Es su doctrina y la defienden fanáticamente. Pero lo cierto es que tendrían que explicarles a los griegos (y a los irlandeses, a los portugueses, a los españoles, a los italianos y a tantos otros ciudadanos europeos vapuleados por los planes de ajuste) qué entienden por “consecuencias peores”... De hecho, estas consecuencias son ya tan insoportables socialmente que, en varios países de la eurozona, está subiendo, y no sin argumentos, una radical hostilidad hacia la moneda única y hacia la propia Unión Europea (UE). 

No les falta razón a estos indignados. Porque el euro, moneda de 17 países y de sus 350 millones de habitantes, es una herramienta con un objetivo: la consolidación de los dogmas neoliberales (1) en los que se fundamenta la UE. Estos dogmas, que el Pacto de Estabilidad (1997) ratifica y que el Banco Central Europeo (BCE) sanciona, son esencialmente tres: 
estabilidad de los precios,
equilibrio presupuestario y 
estímulo de la competencia
Ninguna preocupación social, ningún propósito de reducir el paro, ninguna voluntad de garantizar el crecimiento, y obviamente ningún empeño en defender el Estado de bienestar. 

Con la vorágine actual, los ciudadanos van entendiendo que tanto el corsé de la Unión Europea, como el propio euro, han sido dos añagazas para hacerles entrar en una trampa neoliberal de la que no hay fácil salida. Se hallan ahora en manos de los mercados porque así lo han querido explícitamente los dirigentes políticos (de izquierda y derecha) que, desde hace tres decenios, edifican la Unión Europea. Ellos han organizado sistemáticamente la impotencia de los Estados con el fin de conceder cada vez más espacio y mayor margen de maniobra a mercados y especuladores.

Por eso se decidió (a insistencia de Alemania) que el BCE fuese “totalmente independiente” de los Gobiernos (2). Lo cual concretamente significa que queda fuera del perímetro de la democracia. De ese modo, ni los ciudadanos ni los Gobiernos elegidos por éstos pueden entorpecer sus opciones liberales.  

Hoy, esas características (impotencia de los políticos, independencia del BCE) son en parte responsables de la incapacidad europea para resolver el drama de la deuda griega. La otra causa es que, bajo su aparente unidad, la UE (en este caso particular la eurozona) está profundamente dividida en dos bandos casi irreconciliables: por una parte, Alemania y su área de influencia (Benelux, Austria y Finlandia); por la otra: Francia, Italia, España, Irlanda, Portugal y Grecia.

El origen de la deuda griega (como el de la de los demás países periféricos afectados por la crisis de la deuda soberana, incluida España) es conocido. Cuando Grecia fue admitida en la zona euro (3), las instituciones financieras consideraron inmediatamente que este pequeño Estado presentaba, a pesar de su evidente fragilidad y de sus escasos recursos, todas las garantías necesarias para recibir créditos masivos y baratos. Llovieron sobre Atenas ofertas de financiación a tipos de interés de ganga, en particular por parte de bancos alemanes y franceses que incitaron a los gobernantes helenos a endeudarse a bajo coste y a largo plazo para adquirir principalmente material militar (4) alemán y francés...

Cuando estalla la crisis financiera de 2008 (llamada “de las subprimes”), ésta se extiende rápidamente al sector bancario europeo. Los establecimientos financieros carecen pronto de liquidez y restringen drásticamente el crédito. Lo que amenaza con asfixiar el conjunto de la economía. Para evitarlo, los Estados ayudan masivamente a la banca. Y la salvan. Para ello, se endeudan aún más comprando dinero en el mercado internacional (ya que el BCE se niega a ayudarlos). Ahí, de repente, intervienen las agencias de calificación que sancionan el excesivo endeudamiento de los Estados (¡realizado para salvar a los bancos!)... Inmediatamente los tipos de interés de los préstamos a los Estados más endeudados se disparan... Y se produce la crisis de la deuda soberana.   

En sí misma, la deuda griega es insignificante si se tiene en cuenta que el PIB de Grecia representa menos del 3% del PIB de la eurozona. El problema, técnicamente, podía haberse resuelto hace ya más de un año sin gran dificultad. Pero el gobierno conservador alemán, que enfrentaba entonces unas complicadas elecciones locales (finalmente perdidas), estimó que no sería moralmente justo que los griegos, acusados de “corrupción” y de “laxismo”, saliesen tan rápidamente del mal paso. Había que castigarlos para que no cundiese “el mal ejemplo”. 

Una ayuda demasiado rápida a Atenas, declaró Angela Merkel, “tiene el efecto negativo de que otros países en dificultades podrían dejar de hacer esfuerzos”(5). Por eso, con el apoyo de sus aliados, Berlín empezó a poner pegas de todo tipo. Dejando pasar los meses.

Plazo que los mercados, excitados por el desacuerdo político europeo, aprovecharon para cebarse en Grecia. Todo se complicó entonces. Finalmente, Alemania acabó por aceptar un (incompleto) plan de ayuda con una condición: que participase en él el Fondo Monetario Internacional (FMI). ¿Por qué? Por dos razones. Primero porque se estimaba que las instituciones europeas carecían de un verdugo lo suficientemente severo para escarmentar a los griegos. Segundo, porque la especialidad del FMI, desde hace cuarenta años, consiste en exigir siempre esfuerzos antisociales a los países endeudados. Sus recetas (aplicadas con saña en América Latina durante los años 1970 y 1980) son siempre las mismas: alza de las tasas al consumo, recortes brutales de los presupuestos públicos, estricto control de los salarios, privatizaciones masivas...(6).    

El Gobierno de Papandreu tuvo que resignarse a adoptar un salvaje plan de austeridad. Pero el mal estaba hecho. El ritmo de la política europea es lento y largo, cuando el de los mercados es inmediato. Los especuladores entendieron que la Unión Europea era un gigante sin cerebro político, y el euro una “moneda fuerte” con estructura débil (no hay ejemplo en la historia, de una moneda que no esté encuadrada por una autoridad política). Atacaron a Irlanda, pasó lo mismo y volvieron a ganar. Atacaron a Portugal e ídem. Atacaron a España y a Italia, y los Gobiernos de estos países se apresuraron a autoimponerse las impopulares recetas del FMI. 

Por toda Europa se extiende ahora la “doctrina de la austeridad expansiva”, que sus propagandistas presentan como un elixir económico universal cuando en realidad está causando un estrepitoso daño social. Peor aún, esas políticas de recortes agravan la crisis, asfixian a las empresas de todo tamaño al encarecer su financiación, y entierran la perspectiva de una pronta recuperación económica. Empujan a los Estados hacia la espiral de la autodestrucción, sus ingresos se reducen, el crecimiento no arranca, el paro aumenta, las (impresentables) agencias de calificación rebajan su nota de confianza, los intereses de la deuda soberana aumentan, la situación general empeora y los países vuelven a solicitar ayuda (7). Tanto Grecia, como Irlanda y Portugal –los tres únicos Estados “ayudados” hasta ahora por la Unión Europea (mediante el Fondo Europeo de Estabilización) y el FMI– han sidos precipitados, por los que Paul Krugman llama los “fanáticos del dolor”(8), a ese fatal tobogán.

Y el “Pacto del euro”, establecido en marzo pasado, tampoco resuelve nada. En realidad es una vuelta de tuerca suplementaria a la austeridad, un acuerdo “de competitividad” que prevé más recortes del gasto público, más medidas de disciplina fiscal, y penaliza principalmente –de nuevo– a los asalariados. Con amenazas de sanciones a los Estados que no cumplan el Pacto de Estabilidad(9). Propone la tutela de la deuda pública y un ritmo fijo de reducción, o sea: una limitación de la soberanía. “Los países europeos deben ser menos libres de emitir deuda”, afirma, por ejemplo, Lorenzo Bini Smaghi, miembro del directorio del BCE. Algunos eurócratas van más lejos, proponen que se le retire a un gobierno que no haya respetado el Pacto de Estabilidad, la responsabilidad de dirigir sus propias finanzas públicas...

Todo esto es absurdo y nefando. El resultado es una sociedad europea empobrecida en beneficio de la banca, de las grandes empresas y de la especulación internacional. Por ahora la legítima protesta de los ciudadanos se focaliza contra sus propios gobernantes, complacientes marionetas de los mercados. ¿Qué pasará cuando se decidan a concentrar su ira contra el verdadero responsable, o sea el sistema, es decir: la Unión Europea?


(1) Definidos en los Tratados de Maastricht (1993), de Amsterdam (1999),  de Niza (2003) y de Lisboa (2009).

(2) Entre otras limitaciones, el BCE no puede prestar dinero a los Estados, sólo a la banca privada.
(3) Merced a un balance de su situación económica falseado y maquillado por el anterior gobierno conservador con la ayuda del banco estadounidense Goldman Sachs.
(4) Grecia es el principal importador de material militar de la Unión Europea, y el Estado que consagra a su defensa (por razones de rivalidad con Turquía) el mayor porcentage de su PIB.
(5) El País, Madrid, 18 de julio de 2011.
(6) Léase Philippe Askenazy, “L’austérité imposée à la Grèce, de Charybde en Scylla”, Le Monde, París, 19 de juliode 2011.
(7) Aunque ha sido recibido con alivio por la prensa neoliberal, el nuevo plan de rescate a Grecia, anunciado el pasado 21 de julio, de poco servirá. Los mercados y los fondos buitres han olido la sangre y no detendrán sus ataques mientras no se les frene con auténticos cambios estructurales.
(8) Paul Krugman, “Cuando la austeridad falla”, El País, Madrid, 24 de mayo de 2011.
(9) Que fija el límite para el déficit presupuestario en un 3% del PIB, y el de la deuda soberana en un 60% del PIB.

Friday, 28 June 2013

Con fianza y sin fianza

¿Quién influencia a la Comisión Europea y al presidente de la UE?

Vicenç Navarro
Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas Universidad Pompeu Fabra
http://blogs.publico.es/dominiopublico/7128/7128/
Tengo que admitir que no soy adepto de la escuela historiográfica que explica lo que ocurre en el mundo como resultado de conspiraciones. Me encuentro más cómodo con aquellas teorías que ven lo que ocurre en nuestro entorno como resultado de conflictos de intereses que se expresan a través de instituciones, cada una con su propia lógica, y dentro de estos conflictos, el existente entre los intereses del capital versus los del mundo del trabajo son de especial importancia para explicar la situación de crisis actual. Habiendo dicho esto, no quiero negar la existencia de conspiraciones o cuasi conspiraciones en el desarrollo de esos conflictos. Y una de ellas es la relación privilegiada que intereses empresariales muy potentes en Europa tienen, en condiciones casi de clandestinidad, con el equipo dirigente de la Comisión Europea y muy en particular con el Presidente del Consejo Europeo Van Rompuy.
La revista más conocida del mundo intelectual progresista en EEUU, CounterPunch, acaba de publicar el artículo “Wrecking the Welfare State in Secret” June 25, 2013, que explica las reuniones periódicas que este Presidente tiene con dirigentes de las mayores empresas europeas -hasta un total de cincuenta- en el club más exclusivo existente en Bruselas -en una mansión por entonces propiedad del banquero François Empain (que había ayudado al rey Leopoldo II a saquear el Congo Belga). En estas reuniones se habla con gran franqueza pues se supone que son off the record, sin prensa en las salas.
Según el artículo del autor David Cronin (autor también de un trabajo que será publicado pronto por Pluto Press sobre la influencia de las mayores empresas en el mundo) y que dice tener información verídica de lo que ocurre en esas reuniones en Bruselas, los empresarios han acentuado en estas reuniones la necesidad de que la UE establezca las bases para conseguir una mayor competitividad, incluyendo entre las más importantes la eliminación del estado del bienestar existente hoy en la mayoría de países de la Unión Europea, la reducción de las pensiones públicas y su privatización, y la desaparición de los servicios públicos como sanidad y educación y su sustitución por servicios privados. Estas reuniones, patrocinadas por la European Round Table of Industrialists (ERT), no tienen actas y no se publica ninguna información bajo su auspicio. Un tema que ha dado mucho que hablar en dichas reuniones es la “reforma de las pensiones”, que está creando gran frustración a la ERT, pues ven muy claro qué es lo que debería hacerse (es decir, su desaparición) pero se quejan de que los políticos no tienen agallas y no se atreven a tomar las decisiones que deberían tomarse. David Cronin también señala que los grandes empresarios no tienen mucha confianza tampoco en cambios en la educación (lo que llaman capital humano), a no ser que se pusiera directamente bajo su mando.
Todas estas propuestas, hechas repetidamente al Presidente de la UE, de desmantelar el estado del bienestar (incluidas las pensiones públicas), se hacen bajo el argumento de que hay que aumentar la competitividad de las grandes empresas europeas, lo cual entra en clara contradicción con su insistencia al Presidente y a la Comisión de que deberían relajarse las reglas que impiden la aparición de monopolios en la UE, y que garantizan la competitividad entre empresas. El entendimiento de lo que es “competitividad” está claramente sesgado en estas reuniones.

Que el Presidente de la UE se reúna con los dirigentes de las mayores empresas europeas no tiene nada criticable. Lo que sí es criticable es que una autoridad pública se reúna en condiciones opacas, sin ninguna transparencia y sin ninguna nota o acta que describa el contenido de esas reuniones. Esto es lo que debería considerarse inaceptable. Tiene todas las características de una conspiración que adquiere un nivel altamente alarmante cuando -según testigos de la reunión- el Presidente de la UE, receptor de esas propuestas, concluyó que él personalmente estaba “bastante de acuerdo con sus recomendaciones”, observación que tampoco se ha hecho pública. Mírese como se mire, esto es una conspiración, a la cual deben añadirse, como sujetos de denuncia, los mayores medios de información que no han informado sobre ello.

De ser cierto, de confirmarse la noticia, este poli-EU-ejecutivo debe dimitir ipso facto, irrevocablemente... El Parlamento Europeo tiene la obligación de interpelar, intervenir y solucionar.

Herman Van Rompuy, Presidente del Consejo Europeo

Wednesday, 26 June 2013

Tela, tela, tela...


La germanización de la política económica europea: implicaciones para España,

Óscar Fanjúl,

Expansión

OPINIÓN: EN PRIMER PLANO
El autor cita a Samuelson, que alertó de que asociarse monetariamente con Alemania equivale a acostarse con un oso. También aboga por que el BCE apoye financieramente a los Estados para evitar las políticas de austeridad, a cambio de que éstos aceleren las reformas.
Son muchos los que discrepan de la política económica defendida por Alemania, caracterizada por el papel restringido asignado al Banco Central Europeo, por su insistencia en las políticas de austeridad en medio de la recesión, por la casi obsesiva preocupación por el peligro de inflación y, en definitiva, por la prioridad que da a la resolución a largo plazo de los problemas estructurales, minusvalorando las dificultades cíclicas a corto.
Sin embargo, es el enfoque alemán el que finalmente se ha impuesto en Europa. Como señalaba recientemente el profesor Ulrich Beck, el nuevo papel de Alemania hoy es el “del arquitecto en la construcción de la nueva Europa alemana”. El proyecto de unión monetaria implica una disciplina que hemos tardado en comprender pero que no debería sorprendernos, pues los países europeos aspiraban con él a ganar la credibilidad que suponía asociarse a la política defendida por el Bundesbank. Sobre las dificultades y riesgos que esto suponía advirtieron en su momento muchos economistas, particularmente los anglosajones y, así, Samuelson comparó asociarse monetariamente con Alemania a acostarse con un oso.
Ahora bien, ¿es previsible que la prolongación de la crisis propicie un cambio sustantivo en la política económica europea? Difícilmente. Hoy no existe en Europa un liderazgo francoalemán, sólo alemán; y en este país existe el suficiente consenso social, y también político entre los cuatro grandes partidos, incluso con los sindicatos, como para no esperar que tras las próximas elecciones se produzca un cambio significativo de la política económica, a no ser que Alemania entre en recesión. Igualmente, existe también en Alemania el mismo consenso nacional respecto a la conveniencia de mantener y defender el sistema del euro. Por el contrario, el resto de los países de la eurozona no han sido capaces de articular una política económica alternativa dotada de credibilidad, ni tampoco existe en ellos una cohesión política y social comparable a la de la sociedad alemana.
El éxito de Alemania desde la postguerra sólo contribuye a reafirmar su planteamiento y el Bundesbank, su gran defensor, se ha convertido, con diferencia, en la institución más influyente y respetada por el pueblo alemán. Es más, no existe en el mundo un banco central en el que los ciudadanos tengan depositada más confianza que los alemanes en el suyo, fundamentada en la creencia de que defenderá la estabilidad de la moneda con la firmeza e independencia respecto del poder político que ha mostrado durante décadas. Y el Bundesbank conoce bien qué tipo de política debe defender si quiere mantener el apoyo del público alemán.
Por ello resulta tan importante, aunque no se comparta, entender adecuadamente qué significa la germanización de la política económica europea y qué implicaciones tiene para países como España, y no confiar en un cambio de orientación de la misma que difícilmente se producirá.
1. La necesidad de los superávits por cuenta corriente
La primera y más importante implicación es que España tiene que ser capaz de generar de forma sostenida superávits por cuenta corriente, algo inédito en su historia reciente, como única forma de reducir su endeudamiento y volver a crecer. En efecto, el principal desequilibrio macroeconómico de España lo constituye el elevado nivel de deuda, pues la pública continúa creciendo, pronto superará el 90% del Producto Interior Bruto, y las familias encuentran grandes dificultades para reducir la suya. Si los sectores público y privado deben reducir su nivel de endeudamiento, el saldo exterior por cuenta corriente debe necesariamente ser excedentario, pues estos sectores sólo pueden reducir simultáneamente su deuda si lo hacen respecto al sector exterior (por mera identidad contable, los tres saldos deben sumar cero).
En este tipo de planteamiento se sustenta la política de austeridad y de reformas que defiende Alemania. Los superávit por cuenta corriente no constituyen más que el ahorro que debemos destinar a reducir nuestro endeudamiento. La austeridad, más que una imposición alemana, es una consecuencia de que como país somos hoy menos ricos de lo que hasta hace poco creíamos, y ello obliga inevitablemente a ajustar nuestro gasto y a reducir nuestro nivel de deuda. Las diferencias con Alemania son importantes, pero se refieren fundamentalmente al ritmo y a la forma en que debe hacerse este ajuste.
Las reformas son necesarias para aumentar nuestra competitividad internacional, y es importante comprender que cuanto menos éxito tengamos en la generación de superávit externo mayor tendrá que ser la contracción interna del gasto necesario para conseguir un mismo objetivo de reducción de deuda.
2. La asimetría de los déficits y de los superávits
Esa imprescindible corrección de los déficits exteriores de los países periféricos europeos sería obviamente más fácil si, a la vez, las economías con superávits accedieran a reducirlos aumentando su gasto. Ahora bien, ¿podemos esperar este tipo de comportamiento por parte de Alemania? No debemos, y conviene recordar que la existencia de economías dispuestas a mantener superávits de forma permanente no es un problema nuevo ni fácil de resolver. La experiencia histórica muestra sobradamente que los déficits son insostenibles y se castigan, pero no ocurre lo mismo con los superávits.
Alemania difícilmente aceptará compromiso alguno que suponga eliminar este tipo de asimetría, y no está dispuesta a reducir sus superávits externos, que considera consecuencia y garantía de su competitividad, sólo para contribuir a que los países periféricos reduzcan sus déficits. El modelo de economía alemana se caracteriza por la importancia de su sector exportador y por los sostenidos superávits por cuenta corriente. Cuando recientemente el presidente Rajoy pidió que Alemania practicara una política de gasto más expansiva, la canciller Merkel reafirmó, una vez más, su negativa y se limitó a aconsejar que España aumentara sus exportaciones a Latinoamérica.
3. ¿Nos ayudará el tipo de cambio?
El ritmo y la facilidad con que se produzca el ajuste de las cuentas exteriores de los países periféricos dependerá de lo que ocurra con el valor del tipo de cambio. Está claro que el valor del euro es hoy demasiado alto para lo que conviene a la deprimida economía europea, y ello no es sino otra consecuencia de la fortaleza y del tamaño de la economía alemana.
En este sentido, es importante recordar que Alemania y otros países de su área han visto tradicionalmente la fortaleza de su divisa de una forma distinta a como lo han hecho países como España. En efecto, en economías con recursos ociosos la devaluación de la moneda es una forma de reducir costes y de recuperar, a costa del empobrecimiento relativo que ello supone, la competitividad y el empleo. Sin embargo, otros países han considerado una moneda fuerte como un reto y como un incentivo adicional para ser más competitivo, para introducir reformas y aumentar su productividad, y cuando han tenido éxito en el empeño –y este es el caso de Alemania–, se ha convertido en el fundamento de su riqueza y fortaleza.
Frente a quienes han mostrado recientemente su preocupación por la fortaleza del euro, los responsables políticos y económicos alemanes han respondido que de lo que se trata es de “aumentar la competitividad y no de debilitar la divisa”. Mientras que otros países practican hoy políticas que conducen a la depreciación de sus monedas, incluso compiten en ello, el caso japonés es un ejemplo, el BCE ha insistido en que siguen la evolución de los tipos de cambio, pero sólo para valorar la situación económica y nunca ha mostrado especial preocupación por los efectos de un euro fuerte. En definitiva, al igual que en la época del patrón oro, los países de la zona euro sólo pueden aspirar a corregir sus déficits mediante la devaluación interna, reduciendo los costes unitarios de sus bienes y servicios.
4.La balanza por cuenta corriente española: ¿problema resuelto?
Uno de los aspectos más destacables del reciente ajuste español ha sido la importante mejora del saldo por cuenta corriente, que ha pasado de representar el 10% del PIB en 2007 al equilibrio, reflejo de las mejoras conseguidas en la productividad y en los costes laborales unitarios. Como consecuencia de esta evolución tan positiva de la balanza por cuenta corriente, de la productividad y de las exportaciones, algunos niegan que tengamos un problema de competitividad. Sin embargo, conviene recordar que este reequilibrio se ha conseguido a través del hundimiento de la demanda interna y del empleo. Las importaciones han retrocedido al nivel que tenían hace más de diez años. Por ello, el problema es otro: en concreto, saber si somos capaces de volver a crecer de forma sostenida a tasas del 2% ó el 3%, generando también entonces superávits por cuenta corriente, algo que no ha ocurrido en las últimas décadas y sobre lo que hay razones para tener serias dudas.
Conviene tener en cuenta que una gran parte de la moderación de los costes laborales y de la flexibilidad mostrada recientemente por el mercado de trabajo se debe al impacto de la recesión y al temor real al cierre de empresas, más que a una mejora suficiente y permanente en el funcionamiento del mercado de trabajo. Es ésta, además, una situación que fácilmente podría cambiar ante una recuperación del crecimiento después de un largo periodo de reducción o estancamiento salarial y de caída del consumo y el peso de las rentas salariales en el PIB.
5. Políticas monetaria y fiscal
Ante el impacto recesivo que están teniendo las políticas de austeridad, muchos defienden en los países del sur de Europa la necesidad de practicar algún tipo de política monetaria y fiscal que permita estimular la demanda. Un banquero central como Bernanke defiende, en efecto, que el comportamiento de los bancos centrales debe de ser distinto en un contexto inflacionario y en otro deflacionista como el actual. Según él, frente a la inflación “la virtud de un banco central es su habilidad para decir “no”… Sin embargo, cuando no existe inflación, y el peligro es la deflación, se justifica una colaboración de la política monetaria con la política fiscal, lo que no es incompatible con la independencia del banco central, al igual que la colaboración entre países no cuestiona la soberanía de cada uno de ellos”.
Por el contrario, la política alemana se basa en defender una separación estricta entre la política monetaria y la acción discrecional de los gobiernos. En este sentido, los alemanes han interpretado desde su origen la creación del euro como un paso más en la separación entre el proceso de creación de dinero y la actuación de los gobiernos. Otmar Issing, el que fuera economista jefe y miembro alemán del Comité Ejecutivo del BCE, ha señalado que, en su concepción, la introducción del euro supuso la “desnacionalización del dinero en el sentido defendido por Hayek”, de forma que “la separación entre finanzas públicas y política monetaria queda así asegurada”.
Esta concepción del papel de la política monetaria y del banco central explica la resistencia alemana a que éste último colabore con la política fiscal, y la negativa a que pueda actuar como prestamista de última instancia de los gobiernos europeos. El BCE no debe colaborar en la financiación de los déficits fiscales, que deben reducirse aceleradamente, y los problemas de los países periféricos, son estructurales, no cíclicos, y éstos no se corrigen con estímulos monetarios y fiscales.
6. Conclusiones
Por las distintas razones hasta aquí explicadas, creo que lo más realista para España es asumir plenamente las consecuencias de una inevitable política de austeridad y de reformas, sabiendo, además, que los efectos positivos de éstas últimas tardarán tiempo en manifestarse. En contra de lo defendido por muchos, las políticas de austeridad tienen un efecto depresivo y la única forma de compensarlo es a través de reformas microeconómicas que permitan corregir las causas de nuestros desequilibrios y que sean lo suficientemente radicales como para tener un impacto macroeconómico. Por ello, es mejor concentrarse en ciertas reformas y saneamientos fundamentales, las de los mercados de capitales y de trabajo, incluso la del energético, y no dispersarse en otras de importancia secundaria, que contribuyen más a generar reacciones sociales en contra que a tener un impacto macroeconómico.
Aún así, los procesos de ajuste de devaluación interna pueden ser muy largos. Históricamente, rara vez han funcionado. No ocurrió en la Gran Depresión. La mejor alternativa sería que el Banco Central Europeo, como hace la Fed o el Banco de Inglaterra, apoyara con su política monetaria una política fiscal menos contractiva y se recapitalizara agresivamente al sector financiero a cambio de reformas más radicales acordes con la importancia de nuestros problemas. Ahora bien, ¿hay razones suficientes para ser optimista sobre la capacidad de comprometernos a las reformas que necesitamos y no, como tantas veces, hacerlas sólo a medias? Como en una ocasión señaló Churchill: “No es suficiente con hacerlo lo mejor que podamos; a veces tenemos que hacer lo que hay que hacer”.

Lo dicho; tela, tela, tela. Largo y tortuoso camino para las economías heterodoxas del sur de Europa donde el mestizaje y el oportunismo es moneda común de sus políticas generales e indefinidas que van de por libre con repentinos cambios según convenga al Gobierno de turno e incluso a sus pactos de gobierno. Los factores productivos han de ser eso "productivos" y empleados del modo más eficiente para el mercado, la reforma del mercado de trabajo ya está hecha, queda realizarla y llevarla e introducirla a nuestra mentalidad, nuestro modus operandi.
No se es más productivo por devaluar, si no por producir. Dejemos de jugar, la picaresca. A ello nos obligan.

Tuesday, 25 June 2013

yo lo llamo Plan Marshall, pero llámalo como quieras




Cuidado con la poción mágica alemana

Dierk Hirschel

El País




TRIBUNA
Las políticas seguidas solo han generado empleos precarios y grandes desigualdades
Europa se encuentra en la crisis más grave desde la II Guerra Mundial. Merkel, Barroso y Lagarde han destrozado nuestro continente a base de austeridad. De París a Madrid, la economía se contrae. Casi 27 millones de personas están en paro.
Europa meridional se lleva la peor parte. En España y Grecia, una de cada cuatro personas está en paro. En Madrid, Sevilla, Roma y Atenas crece una generación perdida. Desde el punto de vista de la canciller alemana, no hay alternativas a la política de austeridad y las reformas estructurales, aunque sean dolorosas. Angela Merkel vende la política de reformas alemana como la poción mágica para Europa. A primera vista, eso parece razonable. Alemania es el último país sano en el lazareto europeo. Una economía en crecimiento, bajo nivel de paro, una industria sumamente competitiva y un presupuesto casi sin deuda hablan por sí solos.
Pero en contra de la lectura oficial, las reformas de Schröder (Agenda 2010, Hartz IV) no supusieron ningún milagro para el empleo. Aunque es indiscutible que hoy hay en Alemania 1,4 millones de puestos de trabajo más que al empezar el siglo, las estadísticas laborales distorsionan la realidad. Cuando las empresas transforman contratos a tiempo completo en empleos a tiempo parcial o minijobs, el número de empleados aumenta. Sin embargo, lo que se ha hecho no es sino redistribuir el trabajo existente en condiciones de precariedad. Eso es justo lo que ha pasado en Alemania. Desde el año 2000 se perdieron 1,6 millones de empleos a tiempo completo. Simultáneamente surgieron 3 millones de empleos a tiempo parcial.
El supuesto boom alemán del empleo nunca desbordó el marco de una de las habituales recuperaciones coyunturales. Después de las reformas, el empleo no se recuperó con más fuerza que antes de ellas.
Y, de igual modo, los buenos datos del nivel de desempleo alemán han de tomarse con cautela. Oficialmente, en Alemania solo hay tres millones de parados, el nivel de desempleo más bajo desde hace 20 años. Sin embargo, los que ganan un euro a la hora, quienes tienen más de 58 años y no perciben un salario o los desempleados en cursos de formación no se cuentan en las estadísticas del paro. Además, hay más de dos millones de trabajadores a tiempo parcial que desearían tener un contrato a tiempo completo, pero que no lo consiguen.
Es muy popular el cuento de que Alemania ha salido airosa de la crisis de la economía y los mercados financieros solo gracias a las reformas de Schröder. En esta crisis se han salvado más de un millón de empleos gracias a las reducciones del tiempo de trabajo. Las jornadas laborales reducidas y las bolsas de horas de trabajo subvencionadas por el Estado han impedido que las caídas en la producción se hayan transformado en paro masivo. Este éxito de la política de empleo no tiene nada que ver con la “política de reformas”. Además de esto, el Gobierno de Merkel estabilizó la economía con dos grandes paquetes de medidas coyunturales. Eso fue keynesianismo puro.
En resumen: la política de la Agenda 2010 tiene tan poco que ver con los recientes éxitos económicos como la natalidad con el número de cigüeñas.
Lo que sí han hecho las reformas del mercado de trabajo ha sido dividir a la sociedad. Hoy, casi 1 de cada 4 personas empleadas trabaja por menos de 9 euros a la hora. Y 1,4 millones de alemanes se desloman por un salario de hambre inferior a 5 euros. Solo en EE UU hay un salario mínimo inferior. 1 de cada 3 trabajos es inseguro. El empleo precario y la pérdida de cobertura de los convenios son responsables de que los acuerdos que negocian los sindicatos solo beneficien a tres de cada cinco trabajadores. Se ha sometido a dieta forzosa a los trabajadores alemanes. Alemania tiene la peor evolución salarial de Europa. En ningún otro país industrializado ha aumentado tanto la desigualdad.
Las consecuencias económicas han sido fatales. La debilidad salarial ha frenado la demanda interna y disparado las exportaciones. El comercijo minorista y el trabajo manual sufren por la falta de poder adquisitivo. La industria exportadora, por el contrario, ha podido ofrecer a sus clientes extranjeros precios atractivos. Alemania se ha convertido en el único país de la eurozona en el que la demanda externa ha contribuido al crecimiento más que la demanda interna. ¡Sin éxito!
Además, el crecimiento dependiente de las exportaciones ha perjudicado a nuestros vecinos. Las empresas españolas, italianas y portuguesas han podido vender cada vez menos productos en los agostados mercados alemanes. Pero eso no es todo. Las compañías alemanas, competitivas por precios, han puesto contra la pared a la competencia de la Europa meridional.
Españoles, franceses, italianos y griegos deberían apartar las manos de la poción mágica alemana. Las reformas estructurales neoliberales destrozan los convenios territoriales, su autonomía y la protección frente al despido. Por eso se han hundido los salarios españoles, portugueses y griegos en los últimos dos años entre un 7 y un 20%. Esto ha hecho surgir una competencia salarial desatada, pero ni un solo puesto de trabajo nuevo.
Es justo que nuestros colegas del sur de Europa se defiendan frente a estos ataques. Su lucha defensiva tiene nuestra solidaridad. Europa necesita un cambio de política. Debe detenerse la política de austeridad, económica y socialmente destructiva. En su lugar necesitamos inversiones de futuro en educación, salud, protección al clima e infraestructuras —un Plan Marshall—, así como un programa inmediato contra el desempleo juvenil. Para poder financiar todo esto es necesario aumentar la presión fiscal sobre las grandes rentas y fortunas en toda Europa. Solo una Europa social tiene futuro.
Dierk Hirschel es economista jefe del Sindicato Unido de Servicios de Alemania.
Traducción de Jesús Alborés Rey.
Hay formas de crecimiento hacia fuera o hacia dentro. Mientras países como China, Rusia, Brasil y otros emergentes tengan mecha para tirar de los productos europeos (en su mayoría alemanes) la economía del área euro, mal que bien,  resistirá pero... Un modelo económico equilibrado tendría esta variable --exportaciones-- equilibrada con respecto a un potente mercado interior. Como economía pujante el área euro debería tener un mercado interior creciente, potente, equilibrador y tecnológicamente avanzado... tirando del consumo y basando su permanente y estable desarrollo en esta variable... 

y van...



¿Otra tormenta perfecta?,

Juan Ignacio Crespo,

El País



OPINIÓN
Hace justo un mes comenzó a gestarse una tormenta perfecta. Su primer y espectacular síntoma se produjo el 23 de mayo en la Bolsa de Tokio que, tras subir más de un 70% en seis meses, cayó de repente un 7% en un solo día. Hasta ayer, la gestación de esa tormenta estaba pasando casi desapercibida (¡ni siquiera subía mucho la prima de riesgo de la deuda española!) pero, tras las recientes caídas del Ibex 35, ha empezado a resultar evidente.
Tres focos principales están alimentando su potencia destructiva: la subida de los tipos de interés de largo plazo en todo el mundo; la pérdida de credibilidad de la política monetaria del Banco de Japón; y, finalmente, lo que parece ser un estrangulamiento del crédito en China.
A todo esto hay que añadir un cuarto factor de inestabilidad derivado del primero de los otros tres: la fuerte salida de capitales de los mercados emergentes que hunde sus Bolsas y la cotización de sus monedas. La lógica de esa salida de capitales es sencilla: los tipos de interés tan bajos de los últimos años habían fomentado la inversión en activos con un riesgo más elevado y que pudieran proporcionar una mayor rentabilidad. El cambio de política por la Reserva Federal está provocando una reacción hiperestésica en sentido contrario.
La gravedad de lo que pudiera suceder en China la evoca el paralelismo con lo sucedido en Occidente en los años previos al estallido de la crisis: el crecimiento descontrolado del crédito y el desarrollo hipertrofiado de una llamada “banca en la sombra” y de vehículos fuera del balance de los bancos del tipo de los que llevaron a la quiebra a la gran banca norteamericana en 2008 (eran sociedades de inversión que se financiaban a corto plazo e invertían a largo plazo; quebraron cuando surgieron los primeros problemas para financiarse en los mercados, y arrastraron con ellos a los bancos que los habían promovido).
¿Estallará finalmente esa tormenta perfecta? Aunque la situación es muy complicada y el peligro de una suma vectorial desafortunada de todo lo anterior podría terminar con la quiebra de alguna gran institución financiera internacional (o de algún país emergente) sería muy raro que eso se produjera a estas alturas del ciclo. Pero sí que es probable, en cambio, que la inestabilidad se intensifique en las próximas semanas hasta conseguir que el índice S&P 500 de la Bolsa norteamericana caiga un 20%-25% (hasta ahora solo ha caído un 6%) y el precio de las materias primas retroceda otro tanto. Con el consiguiente impacto sobre una economía mundial que se está desacelerando (sobre todo China) y que pudiera verse, por tanto, abocada a otra recesión global.
Juan Ignacio Crespo es autor del libro Las dos próximas recesiones.

Tanta inestabilidad de mercados, finanzas, gobiernos, emergentes, carruseles... nada es inmune a ésta vorágine que nos rodea e impregna. Cada día estamos acudiendo al Casino Global a ver si nos ha tocado algo, pero nada, ni el reintegro viendo, como muchos, como nuestros ahorros se apocan, encogen, quedan famélicos ante tanto rayo y tanto trueno y yo esperando que mañana el día escampe... nunca llovió que después escampó decían nuestros viejos... sigo esperando, tonto, atónito, sobrepasado ante el cristal de la ventana de mi vida atento a los rayos, a los truenos, al pedrisco ¿tan mala es la naturaleza... humana?